El estrés oxidativo es un proceso biológico continuo que ocurre de manera permanente a lo largo de la vida. La producción de radicales libres es inherente al metabolismo celular normal; sin embargo, cuando este fenómeno se mantiene de forma persistente, genera microdaños acumulativos a nivel celular que, a mediano y largo plazo, se traducen en envejecimiento prematuro y deterioro progresivo de órganos y sistemas, incluyendo sistema nervioso central, piel, sistema cardiovascular, músculo esquelético y otros tejidos altamente metabólicos.
Diversas investigaciones han demostrado que el estrés oxidativo constituye uno de los principales detonantes fisiopatológicos implicados en el desarrollo de las enfermedades crónico-degenerativas. Si bien la oxidación celular es un proceso inevitable, el factor determinante en la preservación de la salud radica en la capacidad del organismo para mantener el equilibrio redox y controlar el exceso de especies reactivas.
El estrés oxidativo se produce cuando los mecanismos antioxidantes endógenos y exógenos resultan insuficientes para neutralizar la sobreproducción de radicales libres, lo que conduce a un incremento de la actividad oxidativa intracelular. Esta condición favorece la peroxidación lipídica, el daño al ADN y la oxidación de proteínas estructurales y enzimáticas, alterando la homeostasis celular.
Una alimentación deficiente en antioxidantes es uno de los factores más relevantes en la génesis del estrés oxidativo; no obstante, existen múltiples elementos adicionales que contribuyen de manera significativa a su desarrollo. Entre ellos destacan la contaminación ambiental, el tabaquismo activo y pasivo, la exposición excesiva a radiación ultravioleta, el consumo elevado de alcohol, el uso prolongado de ciertos fármacos, la exposición a toxinas ambientales y una actividad física inadecuadamente dosificada, tanto por exceso como por sedentarismo.
Como consecuencia, el aumento sostenido del estrés oxidativo puede provocar daño estructural y funcional de las células, favoreciendo procesos como la apoptosis, la senescencia celular y la activación de cascadas inflamatorias crónicas, lo que impacta de forma negativa en la salud general del individuo.
En este contexto, el estrés oxidativo se encuentra estrechamente vinculado con el desarrollo y la progresión de múltiples patologías, entre las que destacan:
Artritis reumatoide
Enfermedad de Parkinson
Aterosclerosis
Enfermedad de Alzheimer y deterioro cognitivo progresivo
Diabetes mellitus
Periodontitis
Cáncer
Enfermedades neurodegenerativas
Patologías cardiovasculares, donde la oxidación celular contribuye a arritmias y alteraciones de la presión arterial
Envejecimiento prematuro, caracterizado por la aparición de arrugas, hiperpigmentaciones y pérdida de elasticidad cutánea. En particular, el fotoestrés oxidativo inducido por radiación ultravioleta actúa mediante diversos mecanismos moleculares que aceleran el daño dérmico.
El reconocimiento del estrés oxidativo como un eje central en la fisiopatología de múltiples enfermedades abre la puerta a estrategias terapéuticas orientadas a la prevención, modulación y control del daño oxidativo, integrando enfoques nutricionales, farmacológicos y funcionales para preservar la salud celular y retrasar el envejecimiento biológico.